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Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Día litúrgico: Jueves IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 5,31-47): «Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís». En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.

»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios.

»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Ilustración: Sr. Josep Lluís Martínez i Picañol (Picanyol)

Hoy el Señor nos dice que no tenemos “excusa”: ¡hay tantos testigos i señales de su divinidad! Pero si no rezamos, el corazón se vuelve duro y ahí ya no entra nadie: ¡ni siquiera Dios!

¡Cuántos testigos de Cristo! Juan el Bautista, reiteradamente; la Sagrada Escritura, por activa y pasiva (en Jesús se cumplen todas las promesas y profecías); el Padre habla de Él desde el cielo varias veces (por ejemplo, durante el Bautismo); milagros de toda clase (desde convertir agua en vino y calmar vientos, hasta levantar paralíticos y dar vida a muertos…).

—Sin embargo, la última palabra la tiene mi corazón.