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Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Jesús en los Misterios del Rosario

Misterios de Gloria
  1. La Resurrección del Señor
    1. «No está aquí, ha resucitado»

Los Misterios de Gloria son el “colofón necesario” de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué? La respuesta nos la da san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también vuestra fe» (1Cor 15,14). Más aún: seríamos «los más miserables de todos los hombres» (1Cor 15,19), pues —predicando algo que no habría ocurrido— seríamos «falsos testigos de Dios» (1Cor 15,15).

Pero, en realidad, historia y fe nos informan del Cristo-Resucitado. Hay quienes “le ven”; hay quienes “no le ven”. ¿Qué ocurre? ¡Lo analizaremos! En todo caso, está “testimoniado”.

El misterio de la Redención “cuelga” de la Resurrección del Señor: sin Resurrección no hay Redención. Pues, ¿qué fuerza tendría —más allá de la muerte— la entrega de Jesús por nosotros hasta la muerte, si, después de todo, permaneciera muerto? Su pasión habría quedado en un simple gesto de solidaridad por nosotros —los mortales—, pero no estaría dando respuesta al verdadero enigma: ¿qué hay de mi resurrección, de mi vida eterna? (si mi felicidad no tiene proyección eterna, entonces esa felicidad es muy parcial: en realidad no es una auténtica felicidad, sino un “pasa-tiempo”) (Ampliación: «Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado»).

Podemos distinguir 4 grupos de personas según su reacción ante el hecho de la Resurrección del Señor: 1. Mentirosos; 2. “Apóstoles de apóstoles”; 3. “Científicos”; 4. Desesperanzados. Veamos cómo esos grupos han respondido a las siguientes preguntas: ¿Cómo puedo encontrar al Resucitado?; ¿Dónde puedo encontrar al Resucitado?...

***

 

1º) «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo (Lc 24,5). ¡Buena cuestión! Es la pregunta que dos ángeles hacen a las mujeres que acuden al sepulcro —muy de mañana— para embalsamar el cadáver de Jesús.

Estaban ahí también los de la guardia que habían dispuesto los príncipes de los sacerdotes con la ayuda de los romanos: «Temblaron de miedo y se quedaron como muertos (…). Algunos fueron a la ciudad y comunicaron a los príncipes de los sacerdotes todo lo sucedido» (Mt 28,4.11). Reunidos con los ancianos, los príncipes de los sacerdotes les dieron una buena suma de dinero para que divulgaran: «Sus discípulos han venido de noche y lo robaron mientras nosotros estábamos dormidos» (Mt 28,13). Ahí están los del primer grupo: los mentirosos, los que —encadenados a su falacia— dieron testimonio de la Resurrección, pero permaneciendo “muertos para siempre” dentro de su propio engaño.

De esos hay todavía muchos: siguen buscando “razones” entre los muertos para negar al Cristo viviente. Paradójicamente, sin encontrar a Jesús dan razón del Cristo resucitado… «¿Presentáis testigos dormidos?», pregunta san Agustín. Y concluye: «¡Miserable astucia! Inventando tales patrañas, desfallecéis». Todos esos no aciertan ni en el “cómo” ni en el “dónde” (aunque su anti-testimonio no deja de sernos parcialmente útil: la realidad se resiste a ser sustituida; intentándolo se hunden en la incongruencia…).

 

2º) «No está aquí, sino que ha resucitado» (Lc 24,6), dicen los ángeles. Nuestros primeros testigos de la Resurrección no estaban dormidas: ellas (María Magdalena, la otra María, Salomé…) al alborear fueron al sepulcro. Habían sido testigos —en el Calvario— del terremoto con que la naturaleza despidió al Cristo que expiraba y ahora ellas son testigos del otro «gran» temblor de tierra con que la naturaleza saluda al Cristo resurgido. Incluso los seres celestiales las invitan a mirar dentro del sepulcro: «No tengáis miedo (…). Venid a ver el sitio donde estaba puesto» (Mt 28,5-6).

Ellas «con temor» —muy comprensible porque había sucedido lo nunca visto— «y una gran alegría» —porque había ocurrido lo nunca imaginado— «corrieron a dar la noticia a los discípulos» (Mt 28,8). Ellas forman el segundo grupo mencionado: “apóstoles de apóstoles” (Ampliación: «Las mujeres corrieron a dar la noticia a sus discípulos»). ¿Qué ocurrió en ellas para que alcanzaran a “verle”?...

 

3º) «De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron» (Mt 28,9). Hemos dicho que hay quienes “le ven”; hay quienes “no le ven”…

Desde luego, ver a Jesús es un don de Dios, ¡pero hay más! (Ampliación: Nadie se sentirá defraudado como no se sintieron aquellas mujeres que fueron a la tumba), Entonces, ¿qué es lo decisivo para “verle”? En las citas evangélicas ya asoman dos detalles importantes acerca del “cómo”: a) esas mujeres (“apóstoles de apóstoles”) se disponen (se ponen en marcha) tan pronto como pueden —al despuntar el día (ahí hay amor: servicio, delicadeza, solicitud para con el Señor); b) les es familiar una enorme ternura-sintonía hacia Jesús: no dudaron en lanzarse a los pies del Resucitado para adorarlo… En ellas se cumple el aforismo: “A quien madruga, Dios le ayuda”. Asoma por ahí un tema clave: el cariño hacia Él, la confianza en Él… que desembocan en la fe en Él (Ampliación: «No está aquí, ha resucitado»).

¿La FE? Un hecho tan decisivo como la Resurrección, ¿no merecería algún tipo de certeza más “contundente”? La meditación sobre las siguientes apariciones del Resucitado —tal como se narran en los Evangelios— nos dará la respuesta…