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Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Jesús en los Misterios del Rosario

Misterios de Gloria
  1. La Resurrección del Señor
    1. «¡Señor mío y Dios mío!»

4º) «Anunciaron [las mujeres] todo esto a los once y a todos los demás (…). Y les pareció como un desvarío todo lo que contaban, y no les creían» (Lc 24,9.11). ¡Ahí están los “científicos”! Están dispuestos a aceptar sólo lo que pueden tocar. Y, en efecto, estando las puertas cerradas (el Resucitado ya no necesita que le abran las puertas), Jesús se puso en medio de ellos: «La paz esté con vosotros» (Lc 24,36). A diferencia de las santas mujeres, aquí Jesucristo tuvo que emplearse a fondo para que “le vieran”: les mostró las principales señas de su identidad —manos y pies agujereados—. Más aún: «Palpadme» (Lc 24,39). Todavía más: comió delante de ellos (Él ya no necesita comer, pero puede hacerlo porque su cuerpo resucitado es un cuerpo real).

Las mujeres se habían puesto en marcha —a pesar de que no preveían encontrar a un Resucitado—; ellos se quedaron cerrados en casa (como una especie de encuentro fúnebre): ¡actitudes muy distintas con resultados también muy distintos! Ellas “le ven” enseguida; ellos no “le ven” si no es después de que Jesús les ofreciera muchas pruebas (Ampliación: «María Magdalena fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con Él, pero no creyeron»).

 

5º) «Si no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré» (Jn 20,25). Palabras de Tomás, que «no estaba con ellos cuando vino Jesús» (Jn 20,24) y al cual le contaron que habían visto al Señor. ¡Duras palabras, las del “científico”! ¿Se las merece Jesús-Resucitado? ¿Es ése el modo de “ver” al Resucitado?

La paciencia de Dios es inagotable… A los ocho días estaban todos juntos, ¡y con Tomás! De nuevo, estando las puertas cerradas (lo recalca el Evangelio) se presenta Jesús en medio de ellos. Después de desearles la paz, «le dijo a Tomás: —Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente» (Jn 20,27). No sabemos si Tomás se atrevió a “tocar” al Resucitado; en todo caso, su reacción ha impregnado a muchos corazones creyentes de todos los siglos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28) (Ampliación: La fe).

 

6º) «¿Porque me has visto has creído?; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído» (Jn 20,29). Ahí aparece claramente “cómo” se llega a ver al Resucitado: con actitud “creyente”. A algunos eso les suena a poco. Pero, ¿es que podía ser de otra manera? Pensémoslo bien: ¿quién y qué es Jesucristo? Es Dios y es Hombre-Resucitado (Ampliación: Jesús ha entrado en una vida nueva y distinta).

Como Dios: ¿vamos a pretender que —infinitamente superior a nosotros— actúe como como una actriz llamando la atención y como un político demostrando que él está ahí para ganar? El acercamiento “científico” a Dios supone la pretensión de rebajar a Dios al nivel de cualquier ser material (con peso y medida). ¿Es ése el Dios que queremos?

Y como Hombre-Resucitado, ¿nos hacemos cargo de lo que significa “resucitado”? Su cuerpo ha sido “glorificado”. La resurrección de Jesús es mucho más “elevada” que la “resurrección” de Lázaro. Podríamos decir que Lázaro fue “re-animado” (por la fuerza de Dios): de hecho, Jesucristo mandó que desataran a Lázaro para que pudiera caminar (estaba fajado, amortajado y eso le impedía moverse). En el caso de Jesucristo ocurre justo lo contrario: lo que le ataba (la mortaja) ahí ha quedado intacta, pero sin nada. San Juan —cuando acudió al sepulcro— asomó su cabeza allí, «vio y creyó» (Jn 20,8). ¿Qué vio? ¡No a Jesús! (en aquel momento), sino la mortaja sin tocar pero, a la vez, sin el “contenido” (sin el “difunto”). Para robarlo debieran habérselo llevado todo o, por lo menos, cortar o deshacer la mortaja. Pero no, ahí estaba todo el continente intacto (la mortaja) pero no estaba el contenido. «Vio y creyó» (Ampliación: La resurrección de Jesús: un tipo de vida totalmente nuevo).

Justamente Juan ocupa un lugar especial entre los Apóstoles: él es «el discípulo a quien Jesús amaba» (hasta 7 veces Juan es mencionado así); él había estado —acompañando a las mujeres— en el Calvario; él salió corriendo del cenáculo hacia el sepulcro al escuchar el testimonio de las mujeres… ¡Sorprendente paralelo entre Juan y las mujeres!: ellas se mueven y “ven” a Jesús; Juan se mueve y “ve” a Jesús…