Nuestra página utiliza cookies para mejorar la experiencia de usuario y le recomendamos aceptar su uso para aprovechar plenamente la navegación

Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

Temas evangeli.net

Jesús en los Misterios del Rosario

Misterios de Gloria
  1. La Resurrección del Señor
    1. «Le reconocieron, pero Él desapareció»

7º) «Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús (…). Iban conversando entre sí (…)» (Lc 24,13-14). Ahí tenemos al cuarto grupo, el de los “desesperanzados”. Su disposición no es mala, pero no buscan donde hay que buscar, y terminan por abandonar…

De nuevo, la paciencia de Dios es inagotable… Jesús les alcanza por el camino. No le re-conocen, pero establecen con Él una atenta conversación. Ellos aceptan su compañía y le escuchan. ¡Atención!: «¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas! (…) Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él» (Lc 24,25.27). Jesucristo les lleva al “lugar” donde le han de “ver”. Y, en efecto, más tarde ellos reconocerán: «—¿No es verdad que ardía nuestro corazón mientras (…) nos explicaba las Escrituras (Lc 24,32) (Ampliación: La luz de la Palabra disipaba la dureza de su corazón y «sus ojos se abrieron»).

 

8º) «Ha resucitado como había dicho» (Mt 28,6); «Recordad cómo os habló (…). Entonces ellas se acordaron de sus palabras» (Lc 24,6-8)… Los ángeles remiten a sus interlocutoras a la Palabra de Dios. Y Jesús hace lo mismo: «Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras» (Lc 24,44-45). Jesucristo —una y otra vez— nos sitúa frente a la Palabra de Dios (Ampliación: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo»).

Él podía convencernos con una presencia física evidente e incontestable… Pero, ¡no! Ha querido dejar su rastro “grabado” en su Palabra y a ella nos remite insistentemente. Respetemos el nuevo status de Jesús como Resucitado-Glorificado (no como un hombre-mortal): para que le encontremos desea que confiemos en su Palabra. ¡Pero todavía hay un paso más!…

 

9º) «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su presencia» (Lc 24,31). ¡Eso es lo más sorprendente! Los discípulos de Emaús le invitan a cenar (¡buen gesto!). Y en la cena le “re-conocen” e inmediatamente desaparece de su presencia. Es como si Jesucristo les dijera: —“No tenéis que verme desde fuera, sino re-conocerme desde vuestro interior”. Es decir, no desea que le veamos como el Hombre-pre-pascual (escondiendo su divinidad), sino como el Hombre-Resucitado que permanece con nosotros día tras día pero en un estado superior (glorificado). Precisamente, la Eucaristía es su nuevo modo de estar ahora entre nosotros… (Ampliación: La Eucaristía, alimento del cristiano).

 

10º) «—¡María! —¡Maestro!» (Jn 20,16). Retrocedemos en la secuencia de los hechos para poder recapitular. Como ya se ha dicho, las santas mujeres son quienes le vieron (re-conocieron) en primer lugar. De ellas, María Magdalena fue quien tuvo un encuentro muy personal con el Resucitado. También con ella ocurre lo mismo: le conoce, le está viendo y, sin embargo no le re-conoce... Hasta que tiene lugar un gesto íntimo, familiar, entrañable. Ella le re-conoce cuando escucha el saludo habitual entre ellos dos: «¡María!» (Ampliación: «Jesús le dice: —‘María’. Ella se vuelve y le dice: —‘Maestro’»).

¡Basta una palabra!: «¡María!». ¡Basta un gesto!: «Tomo pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio» (Lc 24,30). ¡Basta una indicación!: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis (…). ¡Es el Señor!» (Jn 21,6.7). ¡Curioso! ¿Sólo eso? Sí, sólo una palabra, sólo un gesto, sólo una indicación. Pero ahí está la cuestión: se trata de palabras, gestos, indicaciones íntimos, familiares y entrañables entre Jesús y sus discípulos (consecuentes con un trato asiduo con Él).

De nuevo: es un “verle” desde dentro, desde la profunda amistad tejida con Él como fruto de la asiduidad con Él (desde la Escritura y desde la Eucaristía) y con la ayuda que Él —desde el cielo— nos dispensa. No es una actriz, no es un político, no es un árbitro: ¡es el Resucitado! ¿Cómo encontrarle? Con la fe. ¿Dónde encontrarle? En la Escritura, en la Eucaristía, en la comunión eclesial, en la Cruz (dolor)… (¡no le busquemos en ningún teatro, en ningún estrado, en ningún estadio!).

 

11º) «Marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y en cuanto le vieron le adoraron; pero otros dudaron» (Mt 28,16-17). Notemos un detalle significativo: en Jerusalén, el Resucitado sólo se apareció a un pequeño grupo de seguidores (los más cercanos). En cambio, si hubo una aparición “masiva” (o, quizá, más) fue lejos de los “centros de poder” de la capital: ¡en Galilea!

Y allí —como siempre y como en todas partes— unos le adoran; otros dudan. ¡Curioso! ¿No veían todos a la misma Persona? Sí, pero la cuestión es cómo le vemos desde nuestro interior (con qué disposiciones, con qué asiduidad…). ¡Él no impone su triunfo!: simplemente nos lo ofrece (a partir de ahí, cada uno tiene la última palabra) (Ampliación: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra»).

 

12º) «Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo (Jn 14,22), le preguntó Judas Tadeo. Benedicto XVI responde: «Sí, ¿por qué te has manifestado sólo a un pequeño grupo de discípulos, de cuyo testimonio tenemos ahora que fiarnos? ¿Por qué no a los poderosos del mundo? ¿Por qué sólo a Israel y no de manera inapelable a todos los pueblos de la tierra? Porque es propio del misterio de Dios actuar de manera discreta (Ampliación: El estilo de Dios).

 

13º) Reina del Cielo alégrate, aleluya / porque el Señor a quien has llevado en tu vientre, aleluya / ha resucitado según su palabra, aleluya!”. Santa María no aparece en todas esas idas y venidas: su fe en Dios era completa y, por tanto, no tuvo necesidad ni de temer, ni de dudar, ni de correr. Ella, simplemente, cree y es feliz.