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Jesús en los Misterios del Rosario

Misterios de Dolor
  1. La flagelación del Señor

De modo expreso, hemos querido titular el 2º Misterio de Dolor como “La flagelación del Señor. Porque, no lo olvidemos, Jesús de Nazaret es “el Señor”, pues «todas las cosas fueron hechas por él» (Jn 1,3). Ya se ha mencionado al “Dios lejos de Dios”. Ahora, quizá, llega el momento de contemplar al “Hombre lejos del hombre”: ¡ya no parece ni siquiera un hombre! Se ha despojado de su divinidad y ahora está en camino de “despojarse” de su humanidad (nuestras palabras se quedan cortas para expresar estos misterios). La Virgen también bebió de este mismo cáliz…

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1º) «Pilato tomó a Jesús y mando que lo azotaran» (Jn 19,1). ¡No hay más detalles! Es imposible relatar tanto dolor en tan pocas palabras. ¡Dios es así! ¡La discreción va en su ADN! El amor auténtico procura servir sin hacerse notar, obrando con naturalidad. San Mateo nos dice que, durante el proceso judicial ante el Sanedrín, «Jesús permanecía en silencio» (Mt 26,63): el amor sabe sufrir sin hacer sufrir (ampliación: Cristo Rey: la autoridad para servir; lo aceptó todo con silencio y humildad).

El nacimiento de Jesús es narrado por Lucas en tan sólo 2 versículos de la Biblia (cf. Lc 2,6-7). ¡Dios es así y la Virgen también! Ella fue quién lo relató discretamente en círculos íntimos (¡pocas palabras y sin darse importancia!).

 

2º) «No hay en él parecer [humano] (…). Todos evitaban mirarlo» (Is 53,2-3). Impresiona cómo el profeta Isaías —desde 7 siglos antes— entrevía al Mesías hecho un “Siervo sufriente”. Jesús, cuando es apresado y sacado de Getsemaní, ya no parece Dios. Ahora, en la columna de la flagelación, ya no parece hombre. La flagelación «era un castigo extremadamente bárbaro» (Benedicto XVI): toda la barbarie, todo el salvajismo de que somos capaces cuando no hay Dios… «Cuando el hombre desconoce a Dios, entonces el hombre desconoce al hombre» (San Juan Pablo II). ¡No son teorías! Esos dos hombres, Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger, lo han experimentado personalmente… (ampliación: Jesús, el “Siervo de Dios”).

Nosotros no debiéramos desviar nuestra mirada: en el Flagelado surge la imagen del hombre destrozado por el pecado. «En Jesús aparece lo que es propiamente el hombre. En Él se refleja lo que llamamos “pecado”: en lo que se convierte el hombre cuando da la espalda a Dios» (Benedicto XVI). Durante la Pasión “desaparece” Dios; también “desaparece” el Hombre-Dios y aparece gráficamente el resultado del pecado. Quien no había cometido pecado, «se hizo pecado» (2Cor 5,21) al tomar «sobre sí nuestras enfermedades» y ser «molido por nuestros pecados» (cf. Is 53,4.5). ¿Aprenderemos alguna vez? (ampliación: Jesús se convirtió en "leproso" para que nosotros fuéramos purificados).

 

3º) «¡Oh vosotros, cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor» (Lm 1,12). Israel usaba el “Libro de las Lamentaciones” para expresar su amargura por la destrucción de Jerusalén. Desde la óptica cristiana, estas mismas palabras las aplicamos a la Madre de Jesús expresando su consternación al “ver” los sufrimientos de su Hijo. Un dolor sólo comparable —aunque salvando las distancias— a otro dolor que Ella misma ya había oído y sufrido: la salvaje matanza de los Niños Inocentes bajo el “Herodes de turno” (cf. Mt 2,16).

De hecho, María todavía no ha visto a Jesús. En Getsemaní no lo vio; durante la flagelación —cabe suponer— tampoco, simplemente lo “oyó”. Pero, ¿qué oyó, exactamente? No a Cristo —siempre discreto, sin abrir boca como «cordero llevado al matadero» (Is 53,7)—, sino el impacto de los flagelos sobre su Cuerpo (así lo intuyó la beata Ana Catalina Emmerich).

Aquella espada de dolor —anunciada unos 30 años atrás por el anciano Simeón (cf. Lc 2,35)— estaba ya traspasando el alma de Santa María (ampliación: Una espada te atravesará el alma). Ella, que en el Templo —unos 18 años antes— había preguntado a Jesús adolescente «¿por qué?» (Lc 2,48), ahora ya no pregunta… Su Hijo ya le ha sido arrebatado y Ella “sufre sin hacer sufrir”. ¡Será nuestra Madre!