Contemplar el Evangelio de hoy: 200 sacerdotes comentan el Evangelio del día cada día
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Día litúrgico: Lunes IX del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mc 12,1-12): En aquel tiempo, Jesús comenzó
a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una
viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y
edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se
ausentó.
»Envió
un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos
una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le
golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les
envió a otro siervo; también a éste le
descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste
le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando
a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió
a éste, el último, diciendo: ?A mi hijo le
respetarán?. Pero aquellos labradores dijeron entre sí:
?Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será
nuestra la herencia?. Le agarraron, le mataron y le echaron
fuera de la viña.
»¿Qué
hará el dueño de la viña? Vendrá y dará
muerte a los labradores y entregará la viña a otros.
¿No habéis leído esta Escritura: ?La
piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha
convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a
nuestros ojos??».
Trataban
de detenerle ?pero tuvieron miedo a la gente? porque
habían comprendido que la parábola la había
dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.
Comentario: Rev. D. Francesc CATARINEU i Vilageliu (Sabadell, Barcelona, España)
Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña
Hoy,
el Señor nos invita a pasear por su viña: «Un
hombre plantó una viña (...) y la arrendó a unos
labradores» (Mc 12,1). Todos somos arrendatarios de esa
viña. La viña es nuestro propio espíritu, la
Iglesia y el mundo entero. Dios quiere frutos de nosotros. Primero,
nuestra santidad personal; luego, un constante apostolado entre
nuestros amigos, a quienes nuestro ejemplo y nuestra palabra les
anime a acercarse cada día más a Cristo; finalmente, el
mundo, que se convertirá en un mejor sitio para vivir, si
santificamos nuestro trabajo profesional, nuestras relaciones
sociales y nuestro deber hacia el bien común.
¿Qué
clase de arrendatarios somos? ¿De los que trabajan duro, o de
los que se irritan cuando el dueño envía a sus siervos
a cobrarnos el alquiler? Podemos oponernos a los que tienen la
responsabilidad de ayudarnos a proporcionar los frutos que Dios
espera de nosotros. Podemos poner objeciones a las enseñanzas
de la Santa Madre Iglesia y del Papa, los obispos, o quizás,
más modestamente, de nuestros padres, nuestro director
espiritual, o de aquel buen amigo que está tratando de
ayudarnos. Podemos, incluso, volvernos agresivos, y tratar de
herirles o, hasta “matarlos” mediante nuestra crítica
y comentarios negativos. Deberíamos examinarnos a nosotros
mismos acerca de los motivos reales de dicha postura. Quizás
necesitamos un conocimiento más profundo de nuestra fe; quizás
debemos aprender a conocernos mejor, a efectuar un mejor examen de
conciencia, para poder descubrir las razones por las que no queremos
producir frutos.
Pidamos
a Nuestra Madre María su ayuda para que podamos trabajar con
amor, bajo la guía del Papa. Todos podemos ser “buenos
pastores” y “pescadores” de hombres. «Entonces,
vayamos y pidamos al Señor que nos ayude a llevar fruto, un
fruto que permanezca. Sólo así este valle de lágrimas
se transformará en jardín de Dios» (Benedicto
XVI). Nosotros podríamos acercar a Jesucristo nuestro
espíritu, el de nuestros amigos, o el del mundo entero, si tan
sólo leyéramos y meditáramos las enseñanzas
del Santo Padre, y tratásemos de ponerlas en práctica.


