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Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Día litúrgico: Domingo X (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 9,9-13): En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?». Mas Él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: ‘Misericordia quiero, que no sacrificio’. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

«No he venido a llamar a justos, sino a pecadores»

P. Jorge LORING SJ
(Cádiz, España)

Hoy, Jesús nos habla de la alegría que produce la conversión de alguien que se había alejado de Dios. Hay textos en el Evangelio que se pueden entender mal, como por ejemplo: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,13), o esta otra frase, que Jesús dijo también: «Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7). Parece como si Dios prefiriera que fuésemos pecadores, y no es así. El aumento de alegría es porque se trata de una alegría distinta, nueva.

Si un joven emigrante vuelve a casa, su madre recibe una gran alegría que no le dan sus hijos que han permanecido con ella. La madre hubiera preferido que su hijo no hubiera tenido que emigrar para encontrar trabajo, pero al volver le da una alegría nueva que no le dan los otros hijos. Si un hijo gravemente enfermo recupera la salud, da a su padre una alegría nueva que no le dan los hijos sanos. Pero el padre hubiera preferido que su hijo no enfermara. Es el caso de la alegría que recibe el padre del hijo pródigo cuando éste vuelve a casa.

Es evidente que el Señor quiere que le seamos fieles y no nos separemos de Él. Pero cuando nos separamos, Él sale a buscarnos, como el Buen Pastor que deja las otras ovejas en el redil y se va a buscar la perdida hasta que la encuentra. «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal» (Mt 9,12); Jesucristo, médico divino, no espera a que los enfermos acudan a Él, sino que Él mismo sale a su encuentro. Como dice san Agustín, Jesús «convoca a los pecadores a la paz, y a los enfermos a la curación».