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Contemplar el Evangelio de hoy

Evangelio de hoy + homilia (de 300 palabras)

23 de Septiembre: San Pío de Pietrelcina, religioso

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Texto del Evangelio (Mt 11,25-30): En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

»Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

«Aprended de mí (…) y hallaréis descanso para vuestras almas»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy escuchamos con gusto estas palabras de Jesús tan oportunas para nuestros tiempos: «Venid a mí todos (…) y yo os daré descanso» (Mt 11,28). ¡Cuánta necesidad tenemos de este descanso! Ya desde muy joven el Padre Pío experimentó el deseo de “descansar en el Señor”. En 1903, a los dieciséis años, realizó su deseo ingresando en el orden de los Capuchinos.

El descanso de Jesús —de entrada— nos sorprende: Él habla de “su yugo” y de “su carga” (cf. Mt 11,30). ¿Qué yugo y qué carga son esos? ¡Es el amor! Sí, el Amor que Dios nos manifiesta hasta el extremo, hasta el fin… entregándose en la Cruz. Y nos preguntamos: ¿era necesario llegar hasta la Cruz? La única respuesta segura es que, de hecho, el Señor quiso llegar a la cruz, dando cumplimiento a su profecía: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Con su entrega hasta el fin, Jesucristo deja claro que no se puede amar sin esfuerzo. San Agustín afirmó que «mi amor es mi peso». Así son las cosas: los amores “sin peso” no son amores y, a la vez, los pesos sin amor son insoportables. El Hijo de Dios no vino a quitarnos —sin más— los sufrimientos; más bien vino a “educarnos” en el sufrimiento..., en el amor.

El 20 de septiembre de 1918 el Padre Pío experimentó un don singular: recibió los estigmas de Cristo. San Pío de Pietrelcina llevó esas heridas durante 50 años no como una desgracia, sino todo lo contrario: como una gracia de Dios, pues —decía— «para alcanzar nuestro último fin hay que seguir al divino Jefe, que quiere llevar al alma elegida al camino que Él siguió: el de la abnegación y la Cruz».

Su estilo de vida se ajustó a esa realidad: el Padre Pío se hizo siervo del sacramento de la Penitencia —tarea a la que dedicó muchísimas horas— y del Sacrificio del altar —tarea que realizó siempre con detenimiento: «Antes se acabaría el mundo si se dejara de celebrar misa que si se apagara el sol».

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