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Contemplar el Evangelio de hoy

Evangelio de hoy + homilia (de 300 palabras)

12 de Noviembre: San Josafat, obispo y mártir

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Texto del Evangelio (Jn 17,20-26): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

»Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».

«Que el amor con que tú me has amado esté en ellos»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy rogamos al Señor que el «Pan del Cielo nos conceda el espíritu de fortaleza y de paz que sostuvo a san Josafat, obispo y mártir, para que siguiendo su ejemplo, dediquemos nuestra vida a luchar por el honor y la unidad de la Iglesia» (“Oración después de la comunión”). Nacido en Ucrania e hijo de padres de religión ortodoxa, san Josafat (1580-1623) se convirtió al catolicismo e ingresó en la Orden de San Basilio. En 1617 fue consagrado obispo. Poco antes, un grupo de obispos ortodoxos había entrado en comunión con el Papa: a esa causa se sumó san Josafat sin ahorrar esfuerzos.

Jesús, en su oración sacerdotal, rogó por la unidad de sus seguidores. ¿Quién habría podido imaginar que, a pesar de los ruegos del Señor, la deseada unidad resultaría tan ardua y tan costosa? ¡A san Josafat le costó la vida! (es protomártir de la re-unificación de la cristiandad). Sorprende la estrechez del corazón humano, incluso del “corazón creyente”. Jesucristo suplicó al Padre «que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26). ¡Tenemos el Amor de Dios, el mismo amor con que el Padre ama al Hijo! ¿Qué más queremos? Con esta “lluvia” de amor, ¿cómo es que estamos divididos? (incluso divididos a muerte). Mucho trecho nos queda para ganar en amor a la libertad y en amor a la obediencia…

En realidad, el problema es que no amamos de verdad; no nos amamos como Dios ama. El amor lleva gustosamente al servicio. Así, Cristo, siendo el mismísimo Dios, «se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, (…) haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2,7.8). Él vino para servir (cf. Mt 20,28): ahí le vemos, en el Cenáculo, sin el manto, ceñido con una toalla —es decir, ataviado como un siervo— lavando nuestros pies… El amor atrae, el amor une. San Josafat «comenzó a dedicarse a la restauración de la unidad, con tanta fuerza y, a la vez, con tanta suavidad y tanto fruto, que sus mismos adversarios lo llamaban “ladrón de almas”» (Pío XI).

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