Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

Día litúrgico: Viernes II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 21,33-43.45-46): En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña (…), la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon (…).Finalmente les envió a su hijo (…). Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’ (…)».

Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido (…)? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos» (…).

Comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)

Actualidad de la "Parábola de la viña y sus arrendatarios"

Hoy, Jesús retoma —modificándolo— el "canto de la viña" de Isaías (5,1-7): la viña aparecía como imagen de la "esposa", Israel: aquéllos a los que Dios había mostrado el camino de la "Torá", pero que correspondieron quebrantando la Ley…

Ahora, en las palabras de Jesús, Israel está representado por los arrendatarios. La historia de la lucha de Dios —continuamente renovada— por y con Israel se muestra en una sucesión de "criados" que, por encargo del dueño, llegan para recoger la renta. El maltrato a los criados refleja la historia de los profetas, su sufrimiento… Aunque el "hijo" correrá la misma suerte, el "Amo" no abandonará a la viña: la arrendará a otros…

—¿No es ésta una descripción de nuestro presente? Declaramos que "Dios ha muerto" y, así, somos dios y la "viña" es nuestra! Empezamos a descubrir ahora las consecuencias de todo esto... Sin embargo, la muerte del "Hijo" no es la última palabra: Él es la "piedra angular" que, con su muerte y resurrección, trae un nuevo comienzo.