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Día litúrgico: Domingo IV (A) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 9,1-41): En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios (…)». Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. Jesús (…), encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». Él entonces dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante Él (…).

La luz de la fe: “Creo, Señor”

REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI)
(Città del Vaticano, Vaticano)

Hoy, Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: “Creo, Señor”.

Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un “hombre” entre los demás; luego lo considera un “profeta”; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama “Señor”. En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías.

—También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos “ciegos”, pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados.