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Evangelio de hoy + breve explicación teológica

19 de noviembre: San Odón, abad de Cluny
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Texto del Evangelio (Lc 12,35-40): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «(…) Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá (…)».

San Odón, abad de Cluny (c. 878/879 – 942)

REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)

Hoy os propongo la figura de san Odón, abad: se sitúa en el medievo monástico y nos conduce, en particular, al monasterio de Cluny, que fue uno de los más ilustres y famosos. Su padre lo consagró al santo obispo Martín de Tours, a cuya sombra benéfica Odón pasó toda su vida. Era aún adolescente, cuando —en una vigilia de Navidad— sintió cómo le salía espontáneamente de los labios esta oración: «Señora mía, “Madre de misericordia”, que en esta noche diste a luz al Salvador, ora por mí. Que tu parto glorioso y singular sea, oh piadosísima, mi refugio». El apelativo "Madre de misericordia" será la forma que elegirá para dirigirse siempre a María, llamándola también “única esperanza del mundo”...

Fascinado por el ideal benedictino, Odón dejó Tours y entró como monje en la abadía benedictina de Baume, para pasar después a la de Cluny, de la que fue su segundo abad (a. 927). Desde ese centro de vida espiritual pudo ejercer una amplia influencia en los monasterios del continente.

Le caracterizó el amor por la interioridad, la visión del mundo como realidad precaria, una inclinación constante al desprendimiento de las cosas y una íntima aspiración escatológica. Merece particular mención la devoción al Cuerpo y a la Sangre de Cristo que Odón, frente a una difundida negligencia en aquel tiempo, cultivó siempre con convicción.

—Odón no se rindió al pesimismo, y exclamaba: «¡Oh inefables entrañas de la piedad divina! Dios persigue las culpas y sin embargo protege a los pecadores». El abad de Cluny amaba detenerse en la contemplación de la misericordia de Cristo, el “amante de los hombres”.