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Contemplar el Evangelio de hoy

Evangelio de hoy + homilia (de 300 palabras)

19 de noviembre: San Odón, abad de Cluny
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Texto del Evangelio (Lc 12,35-40): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos.

»Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

«Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy nos interpela la advertencia de Jesús: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas» (Lc 12,35). Esta exhortación a la vigilancia impregna todo el Evangelio: no se trata de vivir en tensión angustiosa, sino en disponibilidad amorosa. San Odón de Cluny (c.878/879 – 942), abad y reformador, comprendió esta palabra como proyecto de vida: ceñirse es ordenar el corazón; encender la lámpara es dejar que la oración alimente la luz interior.

Para Odón, la vigilancia nace del deseo. No es el miedo al castigo lo que mantiene despierto al siervo fiel, sino la alegría de esperar el regreso del Señor. En la vida cluniacense, la liturgia —celebrada con esmero y perseverancia— era escuela de esta espera: cada salmo, cada noche de vigilia, afinaba el oído para reconocer los pasos del “Esposo”. Por eso, Odón exhortaba a sus monjes a no adormecerse en la rutina, considerando que el tiempo presente es frágil y que, en cambio, es maravilloso dedicárselo a Dios.

Jesús añade una promesa sorprendente: el Señor que vuelve se ceñirá y servirá a sus siervos. Aquí resplandece la espiritualidad de Odón: el abad no se colocó por encima, sino en medio, como padre que sirve. Reformar no fue para él imponer cargas, sino reavivar la caridad. Así, la vigilancia se hace concreta: cuidar la vida común, sostener al débil, perseverar cuando parece que “el señor tarda”.

El Evangelio advierte también contra la falsa seguridad. ¡No sabemos la hora! Odón, consciente de la inestabilidad humana y social de su tiempo, insistía en vivir cada día como ofrenda. No una huida del mundo, sino un modo de habitarlo con el corazón anclado en Dios. La lámpara encendida es una vida unificada, sin duplicidades.

En palabras del papa León XIV, «la vigilancia cristiana no es ansiedad por el mañana, sino fidelidad hoy; es mantener el aceite de la esperanza para que la fe no se apague». A la luz de san Odón, el Evangelio nos invita a una vigilancia que canta, ora y sirve.