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Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Jesús en los Misterios del Rosario

Misterios de Dolor
  1. La coronación de espinas

Si en la flagelación Cristo es víctima del hombre salvaje alejado de Dios, ahora, en la Coronación de espinas, Jesús es víctima del hombre grosero alejado de Dios.

***

 

1º) «Los soldados le pusieron en la cabeza una corona de espinas» (Jn 19,2). Eso fue sólo el comienzo de un inconmensurable ritual de burla y degradación. Por lo pronto, las espinas de la corona debieron dolerle, pues algunas penetraron en su cráneo (según cabe comprobar en la Sábana Santa). Pero a Jesús más que las espinas le dolió sobremanera la depravación humana, individual y colectiva... (ampliación: Eclipse de Dios, eclipse del pecado).

Así, pues, «convocaron a toda la cohorte» (Mc 15,16), es decir, unos 625 soldados. «Le desnudaron, le cubrieron con una túnica roja» (Mt 27,28); «se arrodillaban ante Él y se burlaban» (Mt 27,29); «le escupían e hincando las rodillas se postraban ante Él» (Mc 15,19). También lo golpeaban… ¡Todo eso después de la flagelación! No sabemos si actuaron directamente los más de 600 soldados, o sólo los oficiales y algunos más… En todo caso, no debió ser cosa de pocos minutos… También el “Herodes de turno” (ahora es el nieto del Herodes que había sacrificado a los Inocentes) tuvo su oportunidad: en su palacio se burló de Jesús y le despreció (cf. Lc 23,11). ¡Dura jornada para el Señor y para su Madre!

 

2º) «Se arrodillaban ante él y se burlaban diciendo: —Salve, Rey de los Judíos» (Mt 27,29). Todos proclaman a Cristo como “rey”: lo hacían en tono de burla, pero estaban desvelando la auténtica realeza de Dios. Las insignias (corona, púrpura, cetro, gestos…) son de realeza; el tono burlesco (espinas, trapo sucio, caña, alabanzas irónicas…) —todo ello acogido pacientemente por Jesús— da razón del estilo de SU realeza: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36). La proclamación burlesca de ellos es revelación auténtica de Dios: «Al lavar los pies a su criatura, Dios se revela hasta en lo más propio de su divinidad y manifiesta su gloria suprema» (H.U. von Balthasar) (ampliación: El lavatorio que nos purifica es el amor de Jesús que llega hasta la muerte).

El Hijo de Dios se ha “humanado” con todas las de la ley: no solamente «se hizo carne» (Jn 1,14) sino que, además, se ha puesto bajo nuestra piel enferma (hasta tal punto que «se hizo pecado»). Ha hecho la experiencia de ser hombre “desde dentro” para salvar al hombre “desde dentro”. Nos conoce bien: «Conoce todas las dimensiones del ser mundano (hasta el abismo del infierno)» (H.U. von Balthasar) ¡Ése es nuestro Rey y Juez! (ampliación: «¿Eres tú el rey?»).

Con un Juez así casi que podemos darnos por salvados. Decimos “casi” porque de nuestra parte, quizá, sería necesario no burlarnos de Él y aceptar su mediación (ampliación: «Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños»).

 

3º) «Aquí tenéis al hombre» (Jn 19,5). Es el famoso «Ecce homo». Hasta ese momento, María —cabe suponer— había oído desde el exterior del pretorio el bramar de aquella fiesta grotesca. Ahora Pilato muestra a Jesucristo (“des-hecho”) y su Madre —por fin— le puede ver. De nuevo una espada rasga su Corazón Inmaculado.

«Tan desfigurado estaba, que no tenía aspecto de hombre» (Is 52,14). ¡Apenas se le reconoce! (ampliación: Jesús muere con los “restos de amor” que los golpes le han dejado en su cuerpo). «¿Adónde fue tu amado, ¡oh!, la más hermosa de las mujeres?» (Cant 6,1). —Tu Hijo-Amado se ha ido “lejos de Dios” (¡se ha hecho pecado!) para alcanzar a ofrecer su mano al hombre alejado de Dios. Apenas estaba comenzando el “Camino de la Cruz”, el Via Crucis… ¡Todavía quedaba por recorrer un buen trecho!