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Contemplar el Evangelio de hoy

Evangelio de hoy + homilia (de 300 palabras)

29 de julio: San Olaf II, rey y mártir
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Texto del Evangelio (Mt 20,20-28): En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».

«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio desmantela nuestras categorías humanas de poder. Jesús es contundente: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mt 20,26). En tiempos de Olaf II —también antes y después de él, y hoy en día— esas palabras de Cristo chocaban con la mentalidad de muchos gobernantes.

Olaf (995-1030) no fue un gobernante perfecto, pero su conversión (a. 1015) transformó radicalmente su forma de reinar. Históricamente, se le recuerda por unificar Noruega, pero su grandeza real radicó en subordinar su corona a la soberanía de Cristo. En lugar de utilizar el poder para el dominio absoluto, implementó el célebre “Código de Leyes Cristianas” en la asamblea de Moster (c. 1020). Por primera vez en su tierra, las leyes —inspiradas en el “derecho cristiano”— defendieron a los vulnerables, abolieron la esclavitud de los prisioneros y protegieron a las mujeres y a los niños. Olaf II “el Santo” entendió que legislar con rectitud era una forma concreta de lavar los pies a su pueblo.

Su autoridad no nació de la tiranía, sino de un servicio cimentado en el Evangelio. El rey se hizo siervo. Esta visión de la autoridad como un acto de cuidado —sobre todo, de los más desfavorecidos— y no de opresión sigue interpelándonos hoy. Tal como nos recordó el Papa León XIV, «todo poder está al servicio de la comunión y la misión, y toda autoridad está al servicio del Pueblo de Dios». San Olaf descubrió ese rostro sufriente de Cristo en las lagunas de injusticia de su reino y decidió transformar las estructuras sociales para sanarlas.

Cuánta necesidad tiene nuestro mundo de seguir las huellas de Nuestro Señor, Jesús el Cristo, Rey del universo, el cual «no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28). Dios quiera que la fiesta de este santo rey nos mueva a revisar cómo ejercemos nuestro propio liderazgo en la familia, el trabajo o la comunidad. No busquemos ser servidos; atrevámonos, como san Olaf, a desgastar la vida por la justicia y el amor fraterno.