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Contemplar el Evangelio de hoy

Evangelio de hoy + homilia (de 300 palabras)

20 de Agosto: San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia

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Texto del Evangelio (Jn 17,20-26): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

»Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».

«Yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García (Rubí, Barcelona, España)

Hoy vemos a Jesús dirigirse en oración a favor de los discípulos de todos los tiempos, los de entonces y los que vendrían después gracias al testimonio de los cristianos de todas las generaciones: «No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17,20). El deseo de Jesús no abarca solamente la extensión del Reino de Dios, sino también su unidad; y en ello se pone de manifiesto la catolicidad de la Iglesia: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti» (Jn 17,21). Y este “todos” se refiere a todos los cristianos de todas las épocas y de todas partes del mundo: todos viviendo en comunión con Aquél que es el único Dios verdadero en el seno de la Iglesia una.

Uno de los discípulos presentes en el corazón de Jesús, y por quien oró, fue san Bernardo de Claraval (1090-1153), gran renovador de la vida cristiana y del monaquismo a principios del segundo milenio. Con la mirada y el pensamiento puestos en Cristo, san Bernardo oraba y trabajaba por la unidad de la Iglesia, por la comunión entre los hermanos y por la vivencia de una vida verdaderamente cristiana con la extensión del Reino de Dios. Cimentado en el amor de Dios, san Bernardo exhortaba a sus monjes a vivir en la caridad, para alcanzar así la unidad en uno mismo y en la Iglesia: «Amémonos, porque somos amados: es nuestro interés y el interés de los nuestros. En aquello que amamos, nosotros reposamos; a quienes amamos, les ofrecemos nuestro reposo. Amar en Dios significa tener caridad; buscar ser amados por Dios, quiere decir servir a la caridad».

Siguiendo las enseñanzas de san Benito, San Bernardo se aplicó en la escuela del servicio divino y así nos mostró la importancia de la vida comunitaria en la fe cristiana.

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