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Jesús en los Misterios del Rosario

Misterios de Gloria
  1. La venida del Espíritu Santo

Si con la Ascensión decíamos que “la Tierra nunca ha estado tan cerca del Cielo”, ahora con la venida del Espíritu Santo podríamos decir que “el Cielo nunca ha estado tan cerca de la Tierra”. Es imposible concebir en esta vida una unión más íntima que la que se puede establecer entre el Espíritu Santo y nuestras propias almas (Ampliación: Pentecostés: Dios salió de su intimidad y vino a nuestro encuentro).

***

 

1º) «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14,16). Esta promesa está unida a las otras que Jesús ha hecho al ir al Padre: «No os dejaré huérfanos» (Jn 14,18); «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28,20). Pero desde la Ascensión las cosas han cambiado: «Los Apóstoles y la Iglesia tendrán que reencontrar por medio del Espíritu Santo aquella presencia del Verbo-Hijo, que durante su misión terrena era “física” y visible, pero que, después de su ascensión al Padre, estará totalmente inmersa en el misterio. La presencia del Espíritu Santo hará presente a Cristo invisible de modo estable, ‘hasta el fin del mundo’» (San Juan Pablo II) (Ampliación: «Os conviene que yo me vaya»).

 

2º) «Cuando venga el Espíritu de la Verdad, Él os introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído» (Jn 16,13). Por medio de la redención Dios se nos ha dado a conocer más íntimamente. Entre otras cosas, nos ha descubierto la “personalidad” del Espíritu Santo (a quien denominamos “Tercera Persona” de la Santísima Trinidad) (Ampliación: «Yo os enviaré (…) el Espíritu de la verdad»).

Es «el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce» (Jn 14,17). Las palabras de Jesús nos presentan al Espíritu Santo como una Persona, un Alguien-Divino, íntimamente unido al Padre y al Hijo (es el nexo de unión —el Amor— entre Padre e Hijo). Por tanto, no es una energía impersonal; es más bien una Persona “enérgica” que se presentó en Pentecostés como “fuego” (cf. Hch 2,3) (Ampliación: Dios Espíritu Santo).

 

3º) «¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hch 1,6), le preguntan los discípulos a Jesús poco antes de su Ascensión. A los hombres nos gusta liquidar las cosas rápidamente (triunfar sin la cruz), y, además, somos curiosos. Jesús no contestó directamente a la pregunta, pero respondió y avanzó una información muy interesante (¡más que la pregunta!): «A vosotros no os toca conocer el tiempo (…), sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros» (Hch 1,7-8). Diez días después se cumplió la promesa (reiterada) de Jesús (Ampliación: «Os conviene que yo me vaya»).

 

4º) «Al llegar el día de Pentecostés (…), de pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hch 2,1-4). Y el resultado no se hizo esperar: aquellos hombres quedaron radicalmente transformados: audaces, valientes, locuaces, letrados… En la primera predicación de Pedro todos los que le escuchaban quedaron estupefactos: «Qué hemos de hacer, hermanos?» (Hch 2,37), preguntaban los oyentes… Aquel día «se incorporaron (a la Iglesia) unas tres mil almas» (Hch 2,41) (Ampliación: «De su seno correrán ríos de agua viva»).

 

5º) «Eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles en la comunión, en la fracción del pan y en la oración» (Hch 2,42). El Espíritu Santo, podríamos decir, es un “Personaje” sutil: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero…» (Jn 3,8), le dijo Jesús a Nicodemo. San Juan Pablo II, con un gran sentido de realismo, afirmó que «el Espíritu Santo permanece como el Dios “misterioso” (cf. Is 45,15), y como tal permanecerá durante toda la historia de la Iglesia y del mundo. Se podría decir que Él está “escondido” en la sombra de Cristo» (Ampliación: «Recibid el Espíritu Santo»).

Conclusión: para encontrarle hay que ejercitarse espiritualmente. Para eso la primera generación de cristianos se reunía alrededor de Santa María (la “llena de gracia”: Lc 1,28). Su Hijo, Jesús, «no se contenta con salir a nuestro encuentro. Quiere más. Su Espíritu, el Espíritu Santo, ya emana de Él y entra en nuestro corazón, uniéndonos así con Jesús mismo y con el Padre, con el Dios uno y trino» (Benedicto XVI).