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Jesús en los Misterios del Rosario

Misterios de la Luz
  1. La institución de la Eucaristía

Del Tabor al Cenáculo (del 4º al 5º Misterios de la Luz). Transitamos desde la máxima manifestación gloriosa de Jesús hacia su progresiva ocultación, tanto divina como humana (Divinidad “ocultada”; Humanidad “derrotada”). En efecto, poco después de su Transfiguración, el Señor entró en Jerusalén, ciertamente entre medio de aclamaciones, pero sentado en un humilde “burrito”. 

Lo siguiente será esconderse en el Pan Eucarístico, anticipación y perpetuación de su desaparecer bajo la tierra (sepultura). Jesús-Dios se esconde y, como Resucitado, permanecerá con nosotros “escondido” en la Eucaristía. De ese modo, le ve quien le quiera ver («Si alguno quiere venir en pos de mí…» (Mt 16,24)). ¡Nadie está obligado a ver! Nuestra respuesta deberá ser —debe ser hoy y siempre— de confianza y amor… (ampliación: No se nos pide entender el milagro, sino aceptarlo). 

***

 

1º) «No os dejaré huérfanos» (Jn 14,18); «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28,20). ¿Cómo se hace eso? Con la Eucaristía: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo» (Mt 26,26). ¡Son Sus palabras! No hay margen para la duda. Hay que ser Dios para atreverse a hacer algo semejante y… ¡hacerlo de verdad! (ampliación: Jesús-Eucaristía: Darlo todo a todos para permanecer siempre al lado de todos).

 

2º) «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros» (Lc 22,19). No se trata de Su Cuerpo de cualquier manera, sin más: es más concretamente el cuerpo “pasionado” (flagelado, insultado, escupido, crucificado…), muerto y resucitado. Pero este “Triduo Pascual” (Pasión-Viernes; Sepultura-Sábado; Resurrección-Domingo) «está como incluido, anticipado, y “concentrado” para siempre en el don eucarístico» (San Juan Pablo II). Es difícil superar esta descripción de este Papa santo. 

Ahí está una de las maravillas del Señor: no sólo se sacrifica por nosotros («hasta la muerte y muerte de cruz»: Flp 2,8), sino que previamente nos regala —nos entrega— este sacrificio, para que en todo momento y en todo lugar podamos alimentarnos directamente de Él (ampliación: “Misterio de la alimentación”). ¡Es la “entrega de la entrega”! (ampliación: Nos "regala" el dolor de la Cruz). En Getsemaní Jesucristo medita con el Padre lo que va a hacer; en el Calvario lo hace; en el Cenáculo nos lo regala (anticipadamente). 

¡Sólo Dios puede hacer eso! Veintiún siglos después, la Iglesia sigue viviendo de ese don eucarístico (“Ecclesia de Eucharistia”, “La Iglesia vive de la Eucaristía”, es el título de la última encíclica del Papa Wojtyla). 

 

3º) «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19). Dios se sacrifica por nosotros; Dios nos regala su sacrificio; ¡Dios nos invita a unirnos a su sacrificio! Sí, Dios es tan Padre que desea que seamos sus hijos con todas las de la ley, es decir, participando activa y conscientemente de su magna obra redentora. ¿Cómo hacer eso? ¡Con la Santa Misa!, a la cual debemos asistir aportando el sacrificio de nuestra propia vida (ampliación: Compromiso misionero). Cristo puso Su Sangre; nosotros ponemos nuestro sudor (esfuerzo en el trabajo; entrega en la familia; alegrías…). Por cierto: Él también sudó, sólo que ¡sudó Su Sangre!

De nuevo palabras de san Juan Pablo II: «La Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado (…). Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo». 

 

4º) «Dichosa la mujer que te dio a luz y te amamantó» (Lc 11,27). Ésa es «María, la madre de Jesús» (Hch 1,14). De Ella se ha dicho que es mujer eminentemente eucarística. Primero, porque Ella fue el primer “sagrario” del cristianismo. Segundo, porque una espada traspasó su alma (cf. Lc 2,35), allí al pie de la Cruz. Ella —también las santas mujeres y el apóstol Juan) sí vivió lo del Calvario (ampliación: «Una espada te atravesará el alma»). 

Después de la Ascensión de Jesucristo a los cielos, su mayor consuelo —hemos de suponer— era asistir a la Santa Misa y recibir la Comunión, el Cuerpo de su propio Hijo (probablemente sólo pudo hacerlo los domingos). ¿Te imaginas cómo la Virgen esperaría la Misa del domingo? ¿Te imaginas con qué devoción y preparación recibía el Cuerpo de Jesús? Para más “paradoja”: cuando la Sangre de Cristo corre por encima de nuestros altares, ¡también algo de la sangre de María está ahí presente! (en el Calvario también Ella sudó: por lo menos, una angustia inimaginable).