Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Día litúrgico: Domingo VII (B) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 17,11b-19): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura.

»Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad».

«No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno»

P. Josep LAPLANA OSB Monje de Montserrat
(Montserrat, Barcelona, España)

Hoy, en el mundo, todo aquello que no es mundano frecuentemente es objeto de burla: es considerado inútil y pernicioso, es marginado, reprimido y —si puede ser, suprimido. Ésta es la razón de toda persecución —violenta, y también lenta y solapada— para aislar y borrar a la Iglesia en este mundo, o para asimilarla y vaciarla de contenido y hacerla mundana. Repasando la historia de la Iglesia, el beato Newman decía que «la persecución es la marca de la Iglesia y quizá la más duradera de todas».

Por eso, Jesús —el Señor de todos los tiempos— ruega al Padre: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17,15). La actividad de los cristianos se despliega en la ambigüedad de este mundo, en un campo de libertad donde juega la Gracia que viene de Dios y el pecado que procede del Maligno y del mundo, y que frecuentemente encuentra una complicidad en nuestro corazón, todavía no suficientemente cristiano. El conflicto entre la Iglesia y el mundo es interno y externo. Continúo citando a Newman: «La Iglesia es siempre una iglesia militante; a veces gana, y a veces pierde. Y lo que es más frecuente: gana y pierde a la vez en diferentes ámbitos. No hemos terminado de cantar un “Te Deum” y ya tenemos que bajar la cabeza para entonar el “Miserere”».

El estado normal de la Iglesia en este mundo, mientras el último de los elegidos no haya llegado a la salvación eterna, es el de tensión. El cardenal Newman, reflejando su experiencia, añade: «La Iglesia en este mundo está siempre sufriendo y doliéndose; lleva en todo instante en su cuerpo la muerte del Señor Jesucristo».

Hermanos, perseveremos sin cansarnos, tomando fuerzas del mismo cansancio que es inherente a nuestra condición de ciudadanos del cielo que hacen camino aquí en la tierra. Que resuenen en nuestro corazón las palabras que nos decía Jesús: «El que persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 24,13).