Contemplar el Evangelio de hoy: 200 sacerdotes comentan el Evangelio del día cada día
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Día litúrgico: Domingo VII (B) del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mc 2,1-12):
Entró de nuevo Jesús en
Cafarnaúm; al poco tiempo había corrido la voz de que
estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta
había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra. Y le
vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no
poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo
encima de donde Él estaba y, a través de la abertura
que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el
paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al
paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».
Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus
corazones: «¿Por qué éste habla así?
Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados,
sino Dios sólo?».
Pero,
al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que
ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué
pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué
es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus
pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate,
toma tu camilla y anda?’. Pues para que sepáis que el
Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados —dice
al paralítico—: ‘A ti te digo, levántate,
toma tu camilla y vete a tu casa’». Se levantó y,
al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de
modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo:
«Jamás vimos cosa parecida».
Comentario: Rev. D. Ignasi FUSTER i Camp (La Llagosta, Barcelona, España)
Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro
Hoy,
leyendo el Evangelio, centramos nuestra atención en tres
mementos concretos: un paralítico que no se vale por sí
mismo, un grupo de amigos, y Jesús.
En el paralítico
nos podemos ver reflejados cada uno de nosotros; todos podemos estar
paralizados, ya que el pecado nos paraliza en nuestro camino hacia
Dios. A veces, no nos damos cuenta o nos parece que ya estamos bien
como estamos, o que ya solucionaremos o pondremos en orden nuestras
relaciones con Dios en otra ocasión.
Entonces,
«le vienen a traer a un paralítico
llevado entre cuatro» (Mc 2,3). Necesitamos verdaderos
amigos que nos lleven a Dios, que venzan nuestra resistencia. El
paralítico, después de ver el jaleo que estaban
ocasionando los amigos, seguro que debía decirles que pararan,
que ya habría más tiempo otro día, que había
mucha gente... Y no digamos nada cuando «abrieron el techo
encima de donde Él estaba» (Mc 2,4): el ruido que
harían, el polvo, las molestias para todos los que estaban
allí y los gritos que harían los asistentes, pues no
les dejaban escuchar a Jesús, etc.
Pero los auténticos
amigos no encuentran dificultades, aman de verdad y quieren lo mejor,
porque «es propio del amigo hacer el bien a los amigos,
principalmente a aquellos que se encuentran más necesitados»
(Santo Tomás de Aquino). Preguntémonos hoy si nosotros
tenemos verdaderos amigos que serán capaces de llevarnos a
Dios. Preguntémonos, también, si somos amigos de verdad
y nos esforzamos para llevar a quienes amamos a Dios. No conviene
olvidar que también ellos pondrán resistencia. ¿Soy
realmente amigo? ¿Pueden los otros confiar en que les ayudaré
a estar cerca de Jesús?
¿Y Jesús?
Viene a traernos la verdadera salvación, a liberarnos de la
parálisis, viene a perdonarnos los pecados. ¿Ayudo a
los otros a acercarse a la confesión?
Santa María,
Madre de Dios y Madre nuestra, nos lleva y nos da a Jesús:
¡que con su ayuda también nosotros llevemos a todos a
Jesús!


