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Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Día litúrgico: Domingo VIII (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 2,18-22): Un día que los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vienen a Jesús y le dicen: «¿Por qué mientras los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día. Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo, en pellejos nuevos.

«El vino nuevo, en pellejos nuevos»

+ Rev. D. Joan BUSQUETS i Masana
(Sabadell, Barcelona, España)

Hoy leemos una queja de los fariseos y de algunos discípulos del Bautista que, escandalizados, preguntan al Señor por qué los suyos no ayunaban. Jesús les responde con otra pregunta desconcertante: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán, en aquel día» (Mc 2,19-20).

Jesús se presenta como el novio enamorado de la Humanidad, a la que invita, no a ayunar, sino a una fiesta, parecida a un banquete de bodas, porque Él le ha traído la Buena Nueva de la salvación. Jesucristo se aplicaba la vieja imagen de los profetas y de los salmos que presentan a Yahvé-Dios como un esposo profundamente enamorado de su esposa, el pueblo fiel. El profeta Oseas, hoy, hace referencia a ello: «Te desposaré conmigo para siempre; y te desposaré conmigo mediante la misericordia y la clemencia» (Os 2,22).

El Señor quería decir que el Reino de Dios era una realidad nueva. Era como una fiesta de bodas. No valían los esquemas de la Ley de Moisés. La novedad del Reino que predicaba era como un vino nuevo. Cuando Jesús les dice que «nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo, en pellejos nuevos» (Mc 2,22), aquella gente le entendía perfectamente, porque el país de Jesús estaba lleno de viñas.

Hoy muchos de nuestros conciudadanos no saben qué es un “pellejo”. No han visto nunca ninguno. Los pellejos eran unos envases de cuero de macho cabrío que, cosidos, untados y fregados con cola servían para contener vino. Si el vino era nuevo, tenía tanta fuerza que reventaba los cosidos de los pellejos viejos. Los campesinos lo sabían bien.

Los fariseos y sus discípulos venían a ser como unos pellejos viejos, que de tanto uso fácilmente se descosían. Estaban hechos a su rutina. No podían admitir la “novedad” de la predicación de aquel joven de Nazaret.