Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

Ver otros días:

Día litúrgico: 5 de Febrero: Santa Águeda, virgen y mártir

Texto del Evangelio (Lc 9,23-26): En aquel tiempo, Jesús decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles».

«Quien quiera salvar su vida, la perderá»

Rev. D. Jesús VEGA Mesa
(San Antonio Abad de Tamaraceite, España)

Hoy celebramos la memoria de santa Águeda, virgen martirizada probablemente durante la persecución de Decio. Tenemos un instinto natural que nos empuja a protegernos, a huir del dolor y de la muerte. Salvo casos extraños, todos nos aferramos a esta vida. Y por querer salvarla equivocadamente, muchas veces la perdemos. Para salvar de verdad esta vida, hay que -aparentemente- perderla. Muchos han muerto en la lucha por defender al otro. Muchos misioneros y voluntarios han dado su vida trabajando por defender la justicia y anunciar el mensaje de Jesús. No han perdido la vida; ¡la han ganado!

Ésa es la ley del cristiano. Ésa es la consecuencia de ser discípulo de Jesús. Si queremos ser discípulos suyos, Él lo dejó muy claro: «Niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9,23). No es posible ser al mismo tiempo "cristiano" y cómodo y egoísta. El buen padre, la buena madre, saben que su responsabilidad es "dar la vida" por el hijo: noches sin dormir, sacrificios, esfuerzos, trabajo, paciencia… Eso es ser cristiano. Se debe estar dispuesto a dar la vida en cada momento.

Así lo entendió santa Águeda, la santa nacida en Sicilia en el siglo III. No era posible compaginar su decidido seguimiento a Jesús y, al mismo tiempo, hacer caso a las pretensiones del gobernador, que intentaba obligarla a quebrantar su promesa de virginidad. Águeda, jovencita cristiana, recibió duras y crueles amenazas de muerte. Pero ella había bebido ya de la fuente del Evangelio: «Quien quiera salvar su vida, la perderá» (Lc 9,24). Y pidió la fuerza del Señor para no desfallecer.

No es fácil hoy resistir a las llamadas de la sociedad a una vida fácil, cómoda y sin compromisos. Nos prometen una "salvación" que nunca nos va a llegar. Nos engañan. Como santa Águeda, también hoy nosotros hemos de rezar con el Salmo: «Guárdame como la pupila de los ojos, escóndeme a la sombra de tus alas de esos impíos que me acosan, enemigos ensañados que me cercan» (Sal 16,8-9).