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Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Día litúrgico: 28 de Junio: San Ireneo de Lyon, obispo y mártir

Texto del Evangelio (Jn 17,20-26): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

»Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos».

«Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, bajo el patrocinio de san Ireneo de Lyon, nos asociamos a la petición de unidad de Jesús: «Padre santo, ruego (…) por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti» (Jn 17,20-21). ¡La unidad!: he aquí la expresión del amor, signo de buena salud y garantía de sostenibilidad de una familia.

Unidad que no es “uniformidad”, cosa que los cristianos tenemos muy clara desde el mismo día de Pentecostés, cuando todos —partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea…— entendían la predicación de la Buena Nueva, cada uno en su propia lengua (cf. Hch 2,9-11). Se trata de la unidad alrededor de la Palabra de Dios.

Esta Palabra ha llegado —de generación en generación— a nuestros oídos. ¡Es la Tradición! No es inmovilismo, sino la tradición de una familia, la cristiana. Es como una suerte de “río” caudaloso que ha ido creciendo —enriqueciéndose— a lo largo de los veintiún siglos de cristianismo. En el origen absoluto de esta “riada” se encuentra el mismo Cristo —Palabra de Dios encarnada—. Cerca de Él, como un fiel transmisor de la verdad, encontramos a san Ireneo de Lyon (+ cerca del 200).

Ireneo, nacido en Esmirna (en la actual Turquía), fue discípulo de san Policarpo, el cual —a su vez— se formó con san Juan Evangelista. El joven Ireneo se trasladó a la Galia, donde fue consagrado obispo. «Ireneo es —antes que nada— un hombre de fe y un pastor. Tiene la prudencia, la riqueza de doctrina y el celo misionero del buen pastor. En definitiva, es el campeón de la lucha contra las herejías» (Benedicto XVI).

Efectivamente, en aquel tiempo —en la Iglesia naciente— aparecieron ya las primeras herejías, particularmente los gnosticismos, auténtica amenaza para la unidad del cristianismo. San Ireneo las combatió, y lo hizo con santidad y reflexión teológica. ¡Es el primer gran teólogo de la Iglesia! Santos cercanos a los tiempos apostólicos, escritores y fieles a la verdad son las tres características de los Padres de la Iglesia: san Ireneo está en los inicios de esta maravillosa Tradición de Padres.