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Día litúrgico: 15 de Noviembre: San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia

Texto del Evangelio (Mt 13,47-52): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo».

«Semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio refleja muy bien la obra de san Alberto Magno (1193-1280), obispo y —nunca mejor dicho— doctor de la Iglesia. Él, usando la razón al servicio de la fe, fue un sabio experto en aspectos de las ciencias naturales y de las ciencias del pensamiento. La comprensión natural de la obra de la creación no desdice de la fe, sino todo lo contrario: «La fe y la razón son como las dos alas con las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad» (San Juan Pablo II).

En efecto, la fe es como una «red que se echa en el mar y recoge peces [verdades] de todas clases» (cf. Mt 13,47); la fe no se cierra a las realidades naturales de la creación ni a las reflexiones de orden natural. San Alberto tuvo el mérito especial de haber introducido aspectos muy valiosos del pensamiento filosófico de Aristóteles, poniéndolos al servicio de la reflexión teológica. Y, además, san Alberto fue el maestro de Tomás de Aquino, el “Doctor Angélico”: santo Tomás continuó i llevó hasta cotas muy altas este camino de integración y complementariedad entre filosofía y teología. Hasta entonces, el cristianismo había mostrado simpatía y apertura hacia el platonismo, pero del maestro Aristóteles (s. IV a. C.) sólo se había aceptado la ciencia Lógica.

De esta manera, parafraseando a Jesucristo, podríamos decir que el teólogo que «se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo» (Mt 13,52). Es impresionante el progreso que la ciencia de la fe —la teología— ha realizado a lo largo de los veinte siglos de cristianismo. Sus fundamentos no han variado: la Palabra de Dios que, precisamente porque es de Dios, nos habla de realidades profundas y, a la vez, da luz —orientación moral— sobre tantas y tantas realidades del orden temporal. No nos debe dar miedo la investigación teológica; lo que hemos de temer es la teología sin oración, sin diálogo con quien es la Palabra de Dios Encarnada.