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Contemplar el Evangelio de hoy

Evangelio de hoy + homilia (de 300 palabras)

27 de Agosto: Santa Mónica

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Texto del Evangelio (Lc 7,11-17): En aquel tiempo, Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con Él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores». Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y Él dijo: «Joven, a ti te digo: levántate». El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». Y lo que se decía de Él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

«No llores»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, la Iglesia se alegra con la santidad de una gran madre de familia: santa Mónica (332-387), nacida cerca de Cartago. Grande por su piedad —frecuentemente suplicaba con lágrimas— y grande por el “gran” hijo que ella entregó al cristianismo: san Agustín.

Mónica fue esposada con Patricio. Ella no pudo escoger (¡cosas de la época!). Tuvo mucha paciencia durante 30 años con aquel marido con mal genio, irreligioso… Aquellos sufrimientos, ciertamente, no pasaron por alto al buen Jesús, que pocos siglos antes se había compadecido de la viuda de Naím: Patricio, finalmente, fue bautizado poco antes de morir.

De su matrimonio vinieron 3 hijos. El mayor, Agustín, la hizo sufrir mucho. Un hijo brillante, pero que se apartó del camino cristiano. La historia narra que una vez Mónica confió su angustia a un obispo, el cual la tranquilizó diciéndole: «Esté usted en paz porque es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas». Y así era: lloraba por Agustín. El hijo, a su vez, se reía de las lágrimas de su madre…

Pero Jesucristo no se ríe de nuestras lágrimas: «No llores» (Lc 7,13), le había dicho a la viuda de Naím… Aun con todo, Mónica no ahorró esfuerzos: cuando Agustín decidió marcharse a Roma, alejándose de la madre, ella también viajó allí para no dejar abandonado al hijo. Estando así las cosas, resultó que Mónica —y después Agustín— conocieron al ya famoso obispo de Milán, san Ambrosio. Cautivado por la catequesis de Ambrosio y por los escritos de san Pablo, Agustín cambió de vida y —finalmente— fue bautizado.

Era el año 387. Santa Mónica había cumplido su misión en esta vida!: «Hijo, ya que te veo convertido en siervo de Jesús, ¿qué hago en este mundo?». Cuando se disponían a regresar a Cartago, mientras esperaban en el puerto de Ostia, ella enfermó gravemente… San Agustín transcribió sus últimas palabras: «Lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor (…). Así salió de este mundo aquella alma piadosa y bendita».

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