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Contemplar el Evangelio de hoy

Evangelio de hoy + homilia (de 300 palabras)

2 de Mayo: San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia

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Texto del Evangelio (Mt 10,22-25a): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Todos os odiarán a causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; en verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del Hombre. No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su señor. Al discípulo le basta llegar a ser como su maestro, y al siervo como su señor».

«Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy celebramos a san Atanasio (Alejandría, circa a. 300), uno de los Padres de la Iglesia más importantes. Siendo muy joven ya participó en el Concilio de Nicea (a. 325), el primero de los concilios ecuménicos. De ahí surgió el “Credo” que recitamos en la misa de los días festivos.

En aquel tiempo se había difundido la doctrina del presbítero alejandrino Arrio, según el cual el “Logos”, Cristo, no era verdadero Dios, sino un “Dios creado”, un ser intermedio entre Dios y el hombre. Arrio trataba de resolver racionalmente el misterio de la Encarnación del Hijo Divino. Era un intento suicida y vano. Suicida porque diluyendo este misterio no conseguía más que cortar el camino del hombre hacia Dios, haciéndolo inaccesible para nosotros. Vano porque los misterios divinos no son para “liquidar”, sino para contemplar y, contemplándolos, gozar.

Frente a la herejía arriana, destacó Atanasio como «el apasionado teólogo de la encarnación del “Logos”, el Verbo de Dios que, como dice el prólogo del cuarto Evangelio, ‘se hizo carne y puso su morada entre nosotros’ (v. 14)» (Benedicto XVI). El Concilio de Nicea declaró que el Hijo, el Logos, es «de la misma substancia» (“homooúsios”, consubstancial) del Padre; es Dios de Dios; plenamente divino.

Pero, «la crisis arriana, que parecía haberse resuelto en Nicea, continuó durante décadas con vicisitudes difíciles y divisiones dolorosas en la Iglesia» (Benedicto XVI). En aquel escenario, Atanasio —obispo de Alejandría desde el 328— tuvo que huir cinco veces de su ciudad. Así, se cumplían en él las palabras del Maestro: «Os odiarán a causa de mi nombre (…). Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra» (Mt 10,22-23). Atanasio, sufriendo por la fe, pasó hasta diecisiete años en el destierro.

Sin embargo, aquellos años fueron de gran provecho para la fe cristiana: Atanasio tuvo la oportunidad de difundir en Occidente —en Tréveris y, después, en Roma— la doctrina de Nicea, y también el ideal del monaquismo, fundado y liderado en Egipto por su amigo san Antonio, Abad. Fueron años providenciales: ¡Dios sabe más! Ciertamente, «no está el discípulo por encima del maestro» (Mt 10,24).

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