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Día litúrgico: 5 de Junio: San Bonifacio, obispo y mártir

Texto del Evangelio (Jn 10,11-16): En aquel tiempo, Jesús habló así: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas».

«El buen pastor da su vida por las ovejas»

Rev. D. Magí MEJÍAS SENDRA
(Tarragona, España)

Hoy conmemoramos a san Bonifacio, obispo y mártir que vivió a caballo de los siglos VII y VIII. Las palabras de Cristo recogidas en el Evangelio de hoy resuenan en el centro de la liturgia: Él, mediante su pasión y muerte, se ha revelado como Pastor que da la vida por sus ovejas, y en su resurrección nos ha dado la certeza de que vive por los siglos y conduce a su rebaño a la vida eterna.

La Iglesia universal se encarna en las diócesis y su tarea pastoral late en las parroquias. La parroquia es una pequeña parte de la Iglesia: una parte de este gran “rebaño” que mira al Buen Pastor con fe y esperanza. El papa Francisco nos dice: «La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad».

Cristo, en la liturgia de hoy, se dice a sí mismo no sólo “el pastor”, sino también aquel que «da la vida por las ovejas». De esta manera, Jesús combina dos metáforas diversas particularmente expresivas. La imagen del “pastor” se contrapone a la de “víctima”, y sirve para subrayar toda la profunda solicitud de Jesús por su rebaño, que somos nosotros, hasta el punto de darse totalmente a sí mismo por nuestra salvación: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,11).

Como pastor santo, Bonifacio nos dice en una de sus cartas: «No seamos perros mudos, no seamos espectadores silenciosos, no seamos mercenarios que cuando ven al lobo huyen; seamos pastores solícitos que vigilan el rebaño de Cristo».

Nos corresponde a nosotros reconocer en Él al único Señor y seguir «su voz» (Jn 10,4), evitando atribuir estas características a cualquier vanagloria humana, a la cual, en definitiva, «no le importan nada las ovejas» (Jn 10,13), sino sólo el propio interés.