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Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Día litúrgico: 26 de Junio: San Josemaría, presbítero

Texto del Evangelio (Lc 5,1-11): En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

«Echad vuestras redes para pescar»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, la celebración de san Josemaría nos recuerda la “buena nueva” de que todos —sin excepción— estamos llamados a la santidad en medio del mundo. No fue en vano que san Juan Pablo II calificó la figura de san Josemaría —en el día de su canonización— como “el santo de la vida ordinaria”.

Si bien otros autores (san Francisco de Sales, por ejemplo) ya habían insinuado que la santidad es también una llamada divina dirigida a los fieles laicos de la Iglesia, sin embargo el mensaje de san Josemaría ha sido profético en el siglo XX. En efecto, el Concilio Vaticano II comportó un “giro copernicano” en la autocomprensión de la Iglesia misma: ella no es esencialmente una élite jerárquica, sino el “Pueblo de Dios”, representado en aquella barca de pescadores con la que frecuentemente Jesús surcaba las aguas del mar. Y es desde allí, desde la barca de unos trabajadores de profesión pescadores, que los llamó a la santidad (“pescadores de hombres”) sin necesidad de abandonar ni el mar ni las redes.

«Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador (…). —No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,8.10). Feliz coincidencia semántica: “pecador” y “pescador” sólo difieren en una “S”, la “S” de “santidad”. La barca, las redes, el mar… no son obstáculo para la santidad: todo lo contrario, son el ámbito de la santidad para la mayor parte de los discípulos de Cristo. En palabras de san Josemaría, «Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión? Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores... Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos».

Es verdad que ellos «dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5,11), pero también es cierto que no dejaron de ser lo que ya eran: ¡trabajadores! Sigue vigente la petición del Señor: «Echad vuestras redes para pescar» (Lc 5,4).