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Día litúrgico: 13 de Septiembre: San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Texto del Evangelio (Mc 4,1-10.13-20): En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».

«El sembrador siembra la Palabra»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, celebramos la memoria de uno de los mayores sembradores de la Palabra divina a lo largo de la historia de la Iglesia: san Juan Crisóstomo (a. 347-407), es decir, “Juan Boca de Oro”, que es precisamente lo que significa este apelativo, por la grandeza y sublimidad de su elocuencia al exponer la doctrina cristiana. «Una vez salió un sembrador a sembrar» (Mc 4,3): todo el ministerio de Crisóstomo, primero como diácono y presbítero en Antioquía y después como obispo de Constantinopla, fue una siembra infatigable de la Palabra de Dios mediante la que enseñaba los contenidos de las verdades de la fe.

La predicación de Juan suscitó en sus oyentes, como si de diferentes clases de tierra se tratara, reacciones muy diversas: desde la acogida y la conversión en unos a la oposición y el rechazo en otros; especialmente grave fue la inquina de la emperatriz Eudoxia hacia el obispo Juan a causa de sus denuncias continuadas contra el lujo reinante en la corte imperial de Constantinopla mientras la mayoría del pueblo vivía, si no en la miseria, sí en una gran pobreza.

San Juan Crisóstomo será uno de los adalides de la justicia evangélica que ha sentado las bases de la doctrina social de la Iglesia, un pastor de las periferias, con olor de oveja, en palabras del Papa Francisco, que supo transformar este olor en aroma de Cristo. San Juan enseñaba a los creyentes que hallarían a Cristo en la liturgia y en el servicio a los pobres: «El mismo que dijo: “Esto es mi cuerpo”, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: “Tuve hambre, y me disteis de comer”». Y él lo puso en práctica.

«Quien tenga oídos para oír, que oiga» (Mc 4,9): en la acción de oír y dar fruto nos ayudará grandemente el testimonio de aquellos que nos han precedido en el camino, como san Juan Crisóstomo.