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Un equipo de 200 sacerdotes comenta el Evangelio del día

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Día litúrgico: 31 de Julio: San Ignacio de Loyola, presbítero

Texto del Evangelio (Lc 14,25-33): En aquel tiempo, mucha gente caminaba con Jesús, y volviéndose les dijo: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

»Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.

»O ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío».

«El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, celebrando la memoria de san Ignacio de Loyola (1492-1556), tomamos conciencia de que los tiempos siempre son “tiempos de Dios”. La época de san Ignacio —como tantas otras— no fue fácil ni para Europa ni para la Iglesia: décadas en las que los papas residieron en Aviñón (sometidos a Francia); el cisma de Occidente (con tres papas a la vez, cada uno de ellos pretendiendo ser el auténtico)… hasta desembocar en la reforma protestante.

Paradojas de la vida, Ignacio de Loyola y el reformador Martín Lutero (+1546) fueron plenamente coetáneos y coincidentes en el tiempo. Pero, qué distinta fue la reacción —la “reforma”— de cada uno. En realidad, no hay mejor reforma que la de identificarse con Jesucristo: «El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,27). Jesús humilde, pobre, obediente, misericordioso… Durante la pasión, el silencio y la discreción fueron su “protesta”.

Ignacio de Loyola vivió años de vida cortesana, soñando con aires de grandeza —podríamos decir— “caballeresca”. Pero la obligada convalecencia, como consecuencia de una herida de guerra, fue la providencial ocasión para leer reposadamente la vida de Jesucristo y la de algunos santos: ¡he ahí los auténticos reformadores! Esto le “despertó” el espíritu: «¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?», comenzó a preguntarse.

Los nuestros son también tiempos necesitados de “reforma”: «¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!» (Papa Francisco). No hay alternativa: «Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,33). Ante los poderes fácticos —no lo olvidemos— nuestra fuerza es de Dios. He aquí que san Ignacio —despojándose de cosas y sueños— comenzó a entregarse a la vida de oración y a la atención de los demás. En ese camino se le juntaron unos cuantos compañeros con los que fundó la Compañía de Jesús, ¡una fundación que ha canalizado incontables frutos dentro de la Iglesia!